jueves, 1 de marzo de 2012

LECTURA DEL BIENES

El doctor Alfonso Gómez-Lobo (1940), nacido en Chile, es profesor de metafísica y filosofía moral de la universidad de Georgetown y uno de los mayores especialistas en ética contemporánea y bioética en los Estados Unidos. Entre sus publicaciones figuran numerosos artículos de investigación sobre filosofía, historiografía griega, ética y metafísica aparecidos en revistas especializadas. Desde 2002 su principal preocupación ha sido la ética contemporánea y la bioética. Entre sus libros destaca 'La ética de Sócrates (1999) y 'Los bienes humanos' (Santiago de Chile, 2006).
Esta última se trata de una obra dirigida a especialistas y neófitos en lo relativo a los problemas morales de todos los tiempos, además de todos aquellos que requieren fundamentación. En ese sentido se centran conceptos sobre los que argumenta la filosofía contemporánea, pero que han sido los pilares de la filosofía moral o metafísica desde Aristóteles, pasando por Kant y la gran mayoría de los filósofos morales contemporáneos. Uno de esos principios tradicionales se centra en el principio ético fundamental de: “hacer el bien y evitar el mal”, principio que tiene como objetivo la obtención de la plenitud humana. Dice el autor que es un principio propio de la racionalidad práctica que de alguna manera incita a la consecución del bien que es necesario conseguir. Es decir nada que sea malo para la persona es bueno para él y lo racional es evitarlo.En el segundo capítulo trata de los bienes humanos básicos. Considera el autor que el principio de autonomía es el privilegio de todo individuo de determinarse y elegir su propio bien. Establece una diferencia entre bien real y bien aparente, en cuyo sentido dice que lo que se necesita para distinguir entre el bien real y el bien aparente son criterios. Al respecto presenta el siguiente criterio: X es bien humano básico, y si Y es una instancia “ejemplo concreto” de X, entonces Y es un bien real. Luego menciona los que han sido llamado principios básicos, tales como: la vida, la familia, la amistad, el trabajo, el juego, la experiencia de la belleza, el conocimiento teórico, práctico y la integridad. Trata la religión pero la deja fuera de ser vista bajo esta concepción de bien humano básico por considerar que hay una inmensa mayoría de no creyentes y porque los que creen, creen de modos diferentes.En el capítulo tres trata la relación de los bienes básico con los bienes exteriores, los cuales se centran en los logros que nos permitan alcanzar. Menciona entonces los bienes de la fortuna considerados por los griegos y pensadores medievales, además con los bienes de la libertad y el placer. De hecho cita la consideración de Jeremi Bentham, autor que considera el placer como el único bien posible. Dice el autor que entre los bienes citados no hay ningún bien que supere a otro, porque todos son importantes y necesarios para el desarrollo personal.En el capítulo cuatro establece algunas estrategias prácticas que nos permiten alcanzar los bienes. Así, por ejemplo, menciona la prudencia, la vigilancia, el compromiso, la inclusividad, el desprendimiento, la imparcialidad, el cuidado y el respeto como valores fundamentales para mantener la integridad humana.En el capítulo cinco el autor plantea las teorías de la acción en tres niveles: agentes, acciones y consecuencias. Analiza entonces lo que significa una acción humana correspondiente al carácter moral. Cada quien es responsables de sus acciones y de sus consecuencias. Sugiere una pregunta para conocer moralmente las acciones propias y las de los demás: ¿Quién hizo qué y por qué lo hizo? Luego de una serie de ejemplos llega de nuevo a la propuesta inicial en el que aclara que identificar el agente que realizó la acción, determina el principal fin inmediato de ésta y el tipo de acción realizada, con lo cual se llega a comprender realmente quien realizó la acción. Ahora bien esas acciones tienen como consecuencia la aprobación o reprobación de nuestras acciones. Dependiendo de las circunstancias nuestras acciones pueden ser siempre un efecto y con ese efecto se puede estar dañando un bien básico.En el capítulo seis el autor presenta lo relativo a las normas morales y su posible justificación. Considera el autor que la norma general “Para cualquier X, si X es un acto de robo, X está mal”. En la medida en que el género humano internaliza las normas morales, sea por la cultura o por el proceso enseñanza aprendizaje, se hace partícipe de las normas morales y las internaliza en su persona en beneficio propio y el de la comunidad. Dice que para una comunidad le sería muy difícil a cada instante tener que estar revisando los criterios de las distintas normas morales para poder juzgarlas, en tal sentido al tenerlas internalizadas, las personas las cumplen, porque el hecho de vivir juntas los obliga a cumplir ciertas normas para lograr metas comunes y obtener bienes humanos. Una persona está moralmente madura cuando ha logrado comprender y entiende que la lógica interna lo lleva a aceptar libremente las normas básicas. La función de las normas es guiarnos en la asignación de predicados morales para los distintos tipos de acciones, ya sean las acciones prohibidas, permitidas o las obligatorias según su fin. No podemos vivir sin moral porque ella es crucial para la obtención de los bienes esenciales, entonces las normas morales deberán justificarse mostrando que ellas se fundan en los bienes básicos.En los capítulos siete se trata sobre el aborto. En este apartado propone el autor que para poder tener certeza de llegar a un juicio moral bien ponderado, es decir un juicio sensato y objetivo al respecto hay que preguntarse por el agente (quién), por la naturaleza (qué) y por los motivos (por qué). Y prepone un esquema argumentativo fundamental para la prohibición del aborto: premisa 1: una acción cuyo fin es atentar, dañar o destruir intencionalmente alguna instancias de un bien humano básico, es irracional y moralmente mala (precepto del respeto por los bienes humanos). Premisa 2: la vida es un bien humano básico (primer principio complementario de la racionalidad práctica.) Premisa 3: el aborto es una acción cuyo fin es atentar, dañar y destruir intencionalmente un caso concreto de vida humana (caracterización del aborto.) Conclusión: el aborto es irracional y moralmente malo. Entre los argumentos de los partidarios del aborto están “el feto no es persona” y el aborto se hace en “defensa propia”, entre otras. Sin embargo nuestras acciones siempre tienen doble efecto bueno y malo, pero se debe tomar en cuenta: 1) que la acción en sí misma esté permitida, 2) que el mal que se realice no sea un medio para obtener el efecto bueno, 3) que el agente no busque intencionalmente el efecto malo y 4) que haya una proporción razonable entre el efecto bueno y el malo.
En el capítulo ocho se trata sobre la eutanasia, es decir el acto en el que se mata intencionalmente con el supuesto objetivo de ayudar. La cual puede ser activa o inactiva. La eutanasia activa es irracional y mala debido a que atenta contra la vida de un ser humano, ya que la vida es un bien humano básico. Además de la eutanasia activa y pasiva existe también la voluntaria o libremente elegida, y la involuntaria, cuando no puede decidir. Acá también se sugiere un argumento fundamental en contra de la eutanasia activa, voluntaria o no: premisa 1: todo acto cuyo fin sea atentar, dañar o destruir alguna instancia de un bien humano es irracional y moralmente malo. (Este es el precepto del respeto por los viene básicos bajo el principio formal de la razón práctica). Premisa 2: la vida es un bien humano básico (primer principio complementario de la racionalidad práctica). Premisa 3: la eutanasia activa es una acción cuyo fin es quitar intencionalmente la vida a un paciente terminal para aliviarlo de un gran dolor (definición de eutanasia activa). Conclusión: la eutanasia activa es irracional y moralmente mala. Son muchos los argumentos usados por el utilitarismo y la deontología, ambos se pasean entre lo necesario por el placer de salir de una situación de dolor y otra por lo que se cree que se debe hacer. En tal caso según la consideración de Gómez-Lobo, bajo cualquier concepto, atenta contra un bien fundamental humano, por lo tanto no es aceptable.Con el capítulo nueve se cierra el libro. Trata pues de los distintos tópicos que se mueven en la filosofía moral actualmente y los diferentes puntos de vista. Sin embargo lo que sugiere el autor es que lo importante es seguir siempre la voz de la conciencia y como sugiere Kant convertirse en juez de las propias acciones para evitar cometer errores que dañen a los demás. Observa que tanto el liberalismo como el utilitarismo orientan nuestro juicio por caminos opuesto, que no dan pautas para evaluar adecuadamente una acción moral. Una acción moral no es más que el uso de nuestra libertad racional, y que siempre debe estar movido por nuestra conciencia. En conclusión, siempre se debe ir hacia la defensa de lo que es bueno y correcto para todos. Sin embargo, se justifica estrechamente el caso de que alguien puede estar creyendo hacer lo correcto y estar equivocado, lo cual no es moralmente condenable.

REFLEXIONES DE POLÍTICA MORALES

Soy de los que cree que cualquier forma de gobierno es buena siempre y cuando sea aplicada por hombres voluntariamente buenos al estilo kanteano. Es decir, ser bueno no es una naturaleza, ser bueno es una voluntad de ser bueno con los otros, compartiendo lo que me pertenece por voluntad propia y respetando lo que el otro tiene o es porque es mi deber.
Recordemos que Kant sugiere universalizar los actos considerando que eso que hago es lo que deberían hacer todos los ciudadanos en el mundo, porque a todos nos conviene. Es decir: si soy policía debo velar por la seguridad y los bienes de las personas, antes que pensar en “matraquear” o en despojar a los delincuentes del producto de sus delitos para llevármelos yo. Si soy funcionario público debo atender a las personas adecuadamente y canalizarles sus requerimientos, porque cuando yo vaya a otra dependencia pública espero el mismo trato de parte de otros funcionarios públicos.
Sí podemos afirmar que el hombre nace bueno. Yo lo creo: nace limpio de toda conducta y actitud inmoral, conoce la corrupción ni la perversión cuando nace, más que la propia de su edad (en el sentido freudiano). Pero cuando contextualiza su vida, es decir, cuando las circunstancias de su vida forman su carácter, conducta y actitud, decide si actuar conforme al deber, por el deber y al margen del deber. Conforme al deber quiere decir que se ajusta a las normas por temor a las consecuencias; por el deber quiere decir que se ajusta a las normas porque es necesario hacerlo y bueno para todos, aunque no sea lo mejor para él, y al margen del deber que no le importa las normas y las transgrede todas porque a él le conviene y punto.
Pero no podemos decir que el ser humano es de naturaleza corruptible. No lo creo. Porque ser de naturaleza corruptible es aceptar que el hombre trae una disposición natural-celular que lo arrastra al mal. Y eso no es cierto. El hombre es naturalmente libre, eso sí lo podemos afirmar, porque las decisiones que toma en su vida desde que tiene conciencia, aunque esté amenazado por un arma, sólo le competen a él. Me explico: si un hombre es amenazado con un arma para que asesine a otra persona, aun estando obligado para hacerlo, es libre de elegir preservar su vida o la vida de la otra persona. Si mata es asesino, aunque sea en beneficio de su vida, sino lo hace es un hombre que cumple el deber, de modo que su deber es respetar la vida del otro. Cualquier decisión es parte de su libertad para actuar. En ese sentido, nace malo para actuar con maldad, la persona decide hacerlo según su voluntad. Lo mismo pasa con el corrupto decide hacerlo voluntariamente en beneficio de sus intereses personales y en detrimento de los intereses comunitarios.
Ahora bien, sí creo que algunas personas que voluntariamente actúan mal, lo hacen como consecuencia de sus traumas y frustraciones. Eso sí lo afirmo, también por causa de sus carencias económicas, lo que motiva en él una entrega voluntariamente a la corrupción, al querer satisfacer necesidades que quedaron insatisfechas desde la infancia, y de llenar vacíos que quedaron por ausencias afectivas, imposibles de llenar en el futuro, y en las que la persona se queda fija hasta que se da cuenta o hasta que la muerte lo alcanza en medio de su ignorancia.
Regularmente un promotor social llega a la función pública movido por la injusticia social, él quiere acabar con la injusticia. Aunque en el fondo quiere acabar con la injusticia que ha sufrido su propia vida, la de su familia y después la de su comunidad, pero él extiende este sufrimiento a la sociedad. Así desea ser incluso presidente de la republica para acabar con la injusticia y la desigualdad social.
Ahora bien, como no conoce el poder, cuando lo abraza y se vuelve su amigo, el poder lo envuelve de tal modo que olvida las razones por las cuales llegó a la función pública, y se vuelve un burócrata o un capitalista como los que criticaba y, a veces peor, en busca de satisfacer sus propias necesidades, las de sus familiares y las de sus amistades.
Hay una imagen que siempre recuerdo cuando pienso en este particular. Es de una película de Franco Zephirelli (Hermano sol. Hermana luna). Cuando el Papa se despoja de la capa y baja a recibir a Francisco. Después de conversar con él y confesarle que hubiera preferido mantenerse tan puro y natural como él, inmediatamente bajan los servidores del Papa, vuelven sobre él su investidura, entiéndase la capa, lo arrastran como a un viejo mueble y lo llevan a la silla papal para sentarlo nuevamente en el trono del poder, de donde nunca debió bajar. Simbólicamente, entrega su libertad, la sede voluntariamente, porque aquello le beneficia socialmente. Nadie le quita su libertad, pero sabe que no puede actuar libremente, o cuando menos individualistamente, porque los que lo mantienen en el poder le retirarían todas las cortesías.
¿Cómo hacer entonces para lograr que un administrador público actúe en concordancia con la investidura que representa y en función del bien que persigue socialmente? He ahí el meollo de la cuestión.
Parece una tarea titánica lograr que una persona, designada por el pueblo para una función pública, logre mantenerse íntegro ante la tentación inmensa del exceso de aquello que nunca ha tenido, es decir el poder disgregado en dinero, servicios, bienes, lujos y comodidades.
La asignación de un cargo público implica estatus, poder, dinero y un séquito de aduladores, a quienes cuesta apartar y con los que, además, se complace el funcionario.
Cuando se mira rodeado de todo aquello, queda seducido como Sansón ante la belleza y el placer que le proporciona Dalila, de modo que olvida su propósito y entrega su corazón a la corrupción y a la traición de sus principios y de la gente que pudo su confianza en él. Y se sienta como el Papa de Zephirelli a esperar las indicaciones de los tentáculos de ese pulpo que llamamos poder para decidir y actuar. ¿Cómo hacer? No hay modo, si la conciencia del funcionario está ya corrompida por el sufrimiento que le causan sus traumas e insatisfacciones, no hay modo más que confiar en lo poco bueno que pueda hacer o en el mucho mal que pueda causar en beneficio de sus propios interese