jueves, 1 de marzo de 2012

REFLEXIONES DE POLÍTICA MORALES

Soy de los que cree que cualquier forma de gobierno es buena siempre y cuando sea aplicada por hombres voluntariamente buenos al estilo kanteano. Es decir, ser bueno no es una naturaleza, ser bueno es una voluntad de ser bueno con los otros, compartiendo lo que me pertenece por voluntad propia y respetando lo que el otro tiene o es porque es mi deber.
Recordemos que Kant sugiere universalizar los actos considerando que eso que hago es lo que deberían hacer todos los ciudadanos en el mundo, porque a todos nos conviene. Es decir: si soy policía debo velar por la seguridad y los bienes de las personas, antes que pensar en “matraquear” o en despojar a los delincuentes del producto de sus delitos para llevármelos yo. Si soy funcionario público debo atender a las personas adecuadamente y canalizarles sus requerimientos, porque cuando yo vaya a otra dependencia pública espero el mismo trato de parte de otros funcionarios públicos.
Sí podemos afirmar que el hombre nace bueno. Yo lo creo: nace limpio de toda conducta y actitud inmoral, conoce la corrupción ni la perversión cuando nace, más que la propia de su edad (en el sentido freudiano). Pero cuando contextualiza su vida, es decir, cuando las circunstancias de su vida forman su carácter, conducta y actitud, decide si actuar conforme al deber, por el deber y al margen del deber. Conforme al deber quiere decir que se ajusta a las normas por temor a las consecuencias; por el deber quiere decir que se ajusta a las normas porque es necesario hacerlo y bueno para todos, aunque no sea lo mejor para él, y al margen del deber que no le importa las normas y las transgrede todas porque a él le conviene y punto.
Pero no podemos decir que el ser humano es de naturaleza corruptible. No lo creo. Porque ser de naturaleza corruptible es aceptar que el hombre trae una disposición natural-celular que lo arrastra al mal. Y eso no es cierto. El hombre es naturalmente libre, eso sí lo podemos afirmar, porque las decisiones que toma en su vida desde que tiene conciencia, aunque esté amenazado por un arma, sólo le competen a él. Me explico: si un hombre es amenazado con un arma para que asesine a otra persona, aun estando obligado para hacerlo, es libre de elegir preservar su vida o la vida de la otra persona. Si mata es asesino, aunque sea en beneficio de su vida, sino lo hace es un hombre que cumple el deber, de modo que su deber es respetar la vida del otro. Cualquier decisión es parte de su libertad para actuar. En ese sentido, nace malo para actuar con maldad, la persona decide hacerlo según su voluntad. Lo mismo pasa con el corrupto decide hacerlo voluntariamente en beneficio de sus intereses personales y en detrimento de los intereses comunitarios.
Ahora bien, sí creo que algunas personas que voluntariamente actúan mal, lo hacen como consecuencia de sus traumas y frustraciones. Eso sí lo afirmo, también por causa de sus carencias económicas, lo que motiva en él una entrega voluntariamente a la corrupción, al querer satisfacer necesidades que quedaron insatisfechas desde la infancia, y de llenar vacíos que quedaron por ausencias afectivas, imposibles de llenar en el futuro, y en las que la persona se queda fija hasta que se da cuenta o hasta que la muerte lo alcanza en medio de su ignorancia.
Regularmente un promotor social llega a la función pública movido por la injusticia social, él quiere acabar con la injusticia. Aunque en el fondo quiere acabar con la injusticia que ha sufrido su propia vida, la de su familia y después la de su comunidad, pero él extiende este sufrimiento a la sociedad. Así desea ser incluso presidente de la republica para acabar con la injusticia y la desigualdad social.
Ahora bien, como no conoce el poder, cuando lo abraza y se vuelve su amigo, el poder lo envuelve de tal modo que olvida las razones por las cuales llegó a la función pública, y se vuelve un burócrata o un capitalista como los que criticaba y, a veces peor, en busca de satisfacer sus propias necesidades, las de sus familiares y las de sus amistades.
Hay una imagen que siempre recuerdo cuando pienso en este particular. Es de una película de Franco Zephirelli (Hermano sol. Hermana luna). Cuando el Papa se despoja de la capa y baja a recibir a Francisco. Después de conversar con él y confesarle que hubiera preferido mantenerse tan puro y natural como él, inmediatamente bajan los servidores del Papa, vuelven sobre él su investidura, entiéndase la capa, lo arrastran como a un viejo mueble y lo llevan a la silla papal para sentarlo nuevamente en el trono del poder, de donde nunca debió bajar. Simbólicamente, entrega su libertad, la sede voluntariamente, porque aquello le beneficia socialmente. Nadie le quita su libertad, pero sabe que no puede actuar libremente, o cuando menos individualistamente, porque los que lo mantienen en el poder le retirarían todas las cortesías.
¿Cómo hacer entonces para lograr que un administrador público actúe en concordancia con la investidura que representa y en función del bien que persigue socialmente? He ahí el meollo de la cuestión.
Parece una tarea titánica lograr que una persona, designada por el pueblo para una función pública, logre mantenerse íntegro ante la tentación inmensa del exceso de aquello que nunca ha tenido, es decir el poder disgregado en dinero, servicios, bienes, lujos y comodidades.
La asignación de un cargo público implica estatus, poder, dinero y un séquito de aduladores, a quienes cuesta apartar y con los que, además, se complace el funcionario.
Cuando se mira rodeado de todo aquello, queda seducido como Sansón ante la belleza y el placer que le proporciona Dalila, de modo que olvida su propósito y entrega su corazón a la corrupción y a la traición de sus principios y de la gente que pudo su confianza en él. Y se sienta como el Papa de Zephirelli a esperar las indicaciones de los tentáculos de ese pulpo que llamamos poder para decidir y actuar. ¿Cómo hacer? No hay modo, si la conciencia del funcionario está ya corrompida por el sufrimiento que le causan sus traumas e insatisfacciones, no hay modo más que confiar en lo poco bueno que pueda hacer o en el mucho mal que pueda causar en beneficio de sus propios interese

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